Crayón salió de un lugar muy personal. La escribí para mi hijo, y eso hizo que la canción se acomodara sola alrededor de esa ausencia. No había mucho para disfrazar: había que encontrar una forma de decirlo.
También fue distinta porque la canté yo. No soy cantante, así que la voz apareció desde otro lugar, más cercano a lo que la canción pedía que a una idea de interpretación. En este caso, importaba más la verdad del tono que cualquier otra cosa.
Todo eso terminó definiendo el carácter del tema. Crayón avanza con calma, deja espacio y sostiene una emoción muy concreta sin empujarla de más. Me interesaba que la canción pudiera quedarse ahí, firme, sin volverse obvia.
El videoclip también ayudó a llevar eso un poco más lejos. Lo trabajé con Agustín Cavadini, que colaboró conmigo en la dirección, la cámara, la luz y la construcción visual de la historia. Su mirada fue importante para encontrar imágenes que acompañaran la canción con el mismo tono.
Por eso Crayón sigue siendo una pieza aparte dentro de En el estudio. No por cómo fue hecha, sino por el lugar desde el que nació.